© Esther Mena.
Bochorno pegado como abrazo traicionero,
ni la brisa se atreve a moverse,
Leya ronca estirada, reina sin corona,
y Din, fiel centinela, duerme en su zona.
Los grillos desafinan, ¡qué concierto tan grosero!
Parece que uno grita: “¡Levántate y baila,”!
Pero yo solo quiero silencio, aire y un poco de calma,
ni ventilador ni sueños, solo un mundo sin alarma.
Y en medio de este caos veraniego y ardiente,
cierro los ojos y pienso: “El amor está presente.”
Porque en el bochorno, los grillos y el sudor,
también vive la vida, la amistad y el calor… del corazón.
Pero de pronto, Leya se alza con mirada de misión,
ha oído un grillo chivarse cerca del rincón.
Con paso felino y mirada de reina antigua,
salta, gira, escucha… y da la zarpada amiga.
Silencio absoluto. Los grillos callan de golpe.
Ni un “cri-cri” se atreve a soltar ni un susurro.
Din abre un ojo, bosteza sin prisa,
y yo sonrío pensando: “¡Qué gata tan lista y precisa!”
Ahora sí, la noche es nuestra, y la paz nos envuelve,
con Leya de centinela, la batalla resuelve.
Ni el bochorno, ni los grillos, ni el mundo que rechina,
nos quitan la ternura que en la noche se inclina.




