Mi madre es fuerza y ternura,
con tres trabajos y un solo corazón incansable.
Enfermera de manos de seda,
que pinchaba sin hacer daño, como un milagro.
Le llamaban “la Pepita” con cariño sincero,
porque curaba cuerpo y alma a la vez.
Un día, incluso, salvó mi hámster,
con el amor que sólo una madre atesora.
Con sus manos, cocina recuerdos,
llena la casa de aromas y calor,
y con cada plato, pone vida,
como un acto de amor sagrado.
Ahora, a sus ochenta y tres bien traídos,
todavía conduce, libre y valiente.
Es el ejemplo vivo de dignidad
y de un alma presente, fuerte y tierna.
Madre, eres la raíz, la guía y la cometa,
eres el hogar al que siempre puedo volver.
Te celebro hoy y todos los días,
porque ser tu hija es el mejor regalo que podía tocarme.








