© Esther Mena.
Cuando arde la vida, no es solo el bosque,
no son solo árboles hechos ceniza,
ni campos sembrados con sueños humildes,
ni siquiera el aire, que ya no respira.
Arde la casa del ciervo y el jabalí,
la danza secreta de pequeños insectos,
los nidos que esperaban una nueva alborada
y el grito silenciado de todo lo que huye.
Y en medio del infierno, manos de fuego y coraje,
bomberos valientes, ángeles sin alas,
que luchan contra lenguas que devoran el mundo
con agua, con fuerza, con sudor y esperanza.
Pero el fuego no entiende de límites ni clemencia.
Se lleva vidas humanas,
como la de aquel bombero que no volvió.
Su nombre es ya parte del viento que llora entre cenizas.
Los campos se visten de gris, mueren las semillas,
y el agricultor, de rodillas, clama al cielo.
Pero aún hay esperanza bajo las brasas,
una flor pequeña, una mano que brota.
Por cada árbol que cae,
que nazcan diez más.
Por cada lágrima,
que florezca una canción de memoria y vida.
