© Esther Mena
Esta noche el cielo ardía de júbilo,
luces que danzan en la piel del aire,
explosiones de color que alzan la voz
en nombre de la alegría compartida.
Y sin querer, pensé en el otro cielo,
el que no celebra,
el que llora bajo estallidos
que no pintan estrellas,
sino heridas.
La traca final rompió el silencio
como un adiós entre risas y abrazos.
Y en mi pecho,
dos mundos chocaban:
la fiesta y la guerra,
la música y el llanto,
la chispa de la vida
y la ceniza de lo perdido.
¿Por qué los fuegos de aquí son belleza
y los de allá son muerte?
¿Por qué las mismas manos
que aplauden un castillo de pólvora
pueden también empuñar un arma?
Hoy mi alma tuvo cara y cruz,
como una moneda lanzada al azar
entre la esperanza
y el horror.
Y en medio de la noche encendida,
supe que no todos los cielos
nos miran con los mismos ojos.
