© Esther Mena, 2026.
Vuelvo a emprender este querido camino,
el de la mano tendida y el corazón abierto,
entre miradas llenas de historias
y recuerdos que el tiempo no ha borrado.
En la residencia viven los mayores,
guardianes de vidas llenas de experiencia,
que esperan una palabra amable,
un momento compartido, una presencia.
Los voluntarios llevamos calor humano,
con talleres, conversaciones y canciones,
y entre risas y pequeñas emociones
transformamos las horas en momentos de luz.
Cada día que compartimos juntos
se viste de un aire más familiar;
las paredes parecen más cálidas
cuando las habitan el cariño y el amor.
Y cuando una sonrisa nace en un rostro,
cuando una mirada vuelve a brillar,
siento una alegría profunda en el alma
que las palabras no pueden explicar.
Porque dar tiempo es regalar vida,
y recibirla es un tesoro aún mayor;
cada gesto, cada abrazo sincero,
deja una huella que nunca se borrará.
Me siento orgullosa de estar allí,
de compartir mi cariño y mi tiempo,
de aprender de sus silencios y vivencias,
de acompañarlos en estos momentos.
Y así, entre recuerdos y esperanzas,
entre ternura, respeto y gratitud,
descubro que las sonrisas que les ofrezco
son también mi propia plenitud.
