© Esther Mena, 2026.
Hay madres que lloran en silencio,
niños que ya no saben lo que es jugar,
ciudades que han perdido todos sus sueños
y pueblos que solo quieren descansar.
Hay noches que estallan sin luna,
casas que nunca volverán a ser hogar,
y ojos pequeños que buscan entre las ruinas
una mano amiga, una palabra para consolar.
Y mientras tanto, desde despachos lejanos,
los poderosos mueven sus piezas,
hablan de fronteras, de honor y de razones,
mientras la muerte no entiende de promesas.
¿Quién tiene el poder de detener este infierno?
¿Quién puede hacer callar las armas para siempre?
¿Quién puede devolver la vida a quienes ya no están
y secar las lágrimas de tanta gente inocente?
No son los niños quienes declaran las guerras,
ni las madres quienes deciden disparar,
pero son los pequeños, los débiles, los indefensos,
quienes pagan el precio más cruel de luchar.
Quizá quien manda no escucha los llantos de la noche,
ni ve el miedo reflejado en cada mirada,
pero ninguna bandera vale más que una vida,
ni ninguna victoria justifica un alma destrozada.
Basta de discursos que no traen esperanza,
basta de promesas que se lleva el viento.
Que la paz no sea una palabra vacía,
sino un compromiso real y valiente.
Porque el poder no debería servir para destruir,
sino para proteger la vida de la gente.
Y ser grande no es tener armas para vencer,
sino tener corazón para detener el sufrimiento.
Detened las guerras, abrid las fronteras
a la ayuda, al diálogo y a la humanidad.
Que ningún niño tenga que crecer entre ruinas,
que ninguna madre se despida de la felicidad.
Y si algún día el mundo recupera la conciencia,
si los poderosos escuchan el grito de los inocentes,
quizá la paz dejará de ser un sueño
y se convertirá en el derecho de toda la gente.
Porque no hay ninguna causa que valga más
que una vida que todavía tiene mucho por vivir.
Y no hay ningún poder más grande en esta Tierra
que el de detener la guerra
y elegir, de una vez por todas, vivir.




