Hay algo mágico en coger una hoja de papel, sentir su textura, deslizar la pluma sobre ella y dejar que las palabras fluyan. Es como un ritual, uno que me conecta con mis pensamientos más profundos, con los sueños que nacen entre el silencio y la tinta. En este mundo donde la tecnología lo domina todo, todavía encuentro belleza en lo sencillo: el olor del papel, el peso de la pluma entre mis dedos, y la sensación de crear algo tangible, algo vivo.
A veces me despierto de un sueño y no puedo evitar escribirlo. Me pregunto si alguien más habrá soñado lo mismo, si existe algún mundo paralelo donde esos sueños sean reales. De niña, solía fantasear con estas ideas mientras veía series como Expediente X, Alien, o el entrañable E.T.. Esos mundos me inspiraban, me daban alas. Tenía un amigo, Josep Guijarro, que compartía mi fascinación y terminó siendo ufólogo. Él buscaba respuestas allá afuera, en las estrellas. Yo, en cambio, aprendí a encontrarlas dentro de mí.
Soy creyente. Creo en Dios, aunque no lo vea. Y también creo en la posibilidad de vida en otros mundos, aunque nunca haya visto a un extraterrestre. Creo en los sueños, aunque sé que la mayoría no se harán realidad. Pero hay algo que puedo asegurar: algunos de mis sueños fueron premoniciones y acabaron convirtiéndose en realidad. Eso me ha enseñado a no juzgar lo que otros creen. Todos llevamos nuestras propias verdades, y no está en mí decidir cuáles son válidas y cuáles no.
Ahora, con 57 años, he aprendido que la vida es demasiado breve para enfadarse por tonterías. Los malos momentos pasan, pero el rencor puede quedarse dentro y dañarnos. Yo elijo soltar. Elijo encontrar belleza en las cosas pequeñas, como las hojas en blanco que esperan ser llenadas de sueños, creencias y reflexiones.
Porque, al final, la vida es eso: un lienzo en blanco que llenamos con nuestras experiencias, con nuestros colores. Y yo, mientras tenga una pluma en la mano y un corazón lleno de fe, seguiré escribiendo mi historia.







