Sea donde esté, cuando mi mente se llena de palabras, las tengo que escribir. Es como si una fuerza invisible me empujara, como si cada pensamiento buscara su sitio en el papel.
Cuando salgo de casa y la noche todavía reina, a veces la luna me acompaña. Me susurra historias antiguas mientras ilumina mi camino. Es en estos momentos, bajo su luz plateada, las palabras fluyen como un río tranquilo.
Escucho una canción en la radio y, sin darme cuenta, viajo atrás en el tiempo. Las notas me envuelven, me transportan a recuerdos lejanos, y me invitan a revivir momentos que creía olvidados. Las voces de los niños, llenas de inocencia y alegría, me despiertan una ternura indescriptible. Es como si su risa fuera una melodía que inspira mi alma a escribir sobre la pureza del mundo.
Y cuando la jornada termina, agotada, me acuesto con la satisfacción de haber escrito otras cuatro pinceladas de pensamientos. Saber que, aunque sólo sea para mí, he dado vida a las palabras me reconforta. Escribir es mi forma de respirar, de conectar conmigo misma y con el mundo que me rodea.
Porque escribir no es sólo poner palabras en un papel; es encontrar la belleza en el instante, darle forma y dejar que perdure para siempre.
