En la mesa adornada con luces cálidas y aromas familiares, hay una silla que permanece vacía. Su ausencia no pasa desapercibida; es un hueco que late en silencio, un espacio lleno de recuerdos y emociones que flotan en el aire.
En esta época, donde la alegría y el reencuentro nos abrazan, la silla vacía nos invita a detenernos, a recordar. Nos susurra nombres, risas y momentos que parecían eternos. No es un vacío cualquiera; está lleno de amor, de historias compartidas y del eco de voces que ya no están, pero que nunca se irán del todo.
Esa silla, aunque huérfana de presencia, se convierte en un símbolo de gratitud. Porque quienes la ocuparon dejaron huellas imborrables, enseñanzas y cariño que hoy llevamos con nosotros. Es un recordatorio de que la Navidad no solo celebra lo que tenemos, sino también lo que tuvimos y sigue vivo en nuestra memoria.
Hoy brindamos por la silla vacía, por la herencia de quienes la llenaron. Porque aunque sus manos no toquen la mesa y sus risas no resuenen en el aire, su esencia está en cada rincón, en cada abrazo, en cada lágrima que mezcla nostalgia y amor.
Y así, la silla vacía se transforma en presencia. Una presencia eterna que ilumina nuestra Navidad.
