Despierta el día,
y en tu pecho hallo mi cielo,
tibio refugio,
susurro lento,
el hogar que no se ve pero se siente.
Tu aliento me cubre,
como manta en madrugada,
y yo, felina entregada,
te regalo mi quietud
y mi amor sin palabras.
No hay reloj que me apure
ni mundo que me aleje,
pues contigo todo es paz,
y el tiempo se arrodilla
ante este instante sagrado.
No salió de mi vientre,
pero duerme en mi pecho.
No aprendió mis palabras,
pero entiende mis gestos.
Tiene patas pequeñas
y un corazón inmenso,
maúlla si me alejo,
me lame si estoy triste,
y me sigue al aseo
como si fuera un templo.
Me reclama su sitio
en cada amanecer,
vigila a quien se atreve
a besarme la piel.
No hay mudanza posible,
ni viaje ni destino,
que arranque de mis días
su ronco ronroneo divino.
Es hija sin edad,
sin escuela ni horario,
pero sabe de amores
como nadie ha sabido.
Leya, mi compañera,
mi gata, mi anhelo,
la que duerme abrazada
a mi alma y a mi sueño.
