© Esther Mena.
En la mesa de Navidad
hay un lugar que habla en silencio.
Una silla vacía.
Un recuerdo que pesa,
y al mismo tiempo nos sostiene.
Cuando llega la Navidad,
quienes amamos regresan de alguna manera:
en una luz que parpadea,
en una sonrisa que nace sin querer,
en ese pequeño detalle
que nos hace sentirlos cerca.
Algunos se fueron
porque la vida se apagó despacio,
otros porque el camino les sorprendió…
pero todos, todos, están hoy con nosotros.
Que este recuerdo no sea tristeza,
sino gratitud.
Porque lo que amamos de verdad
nunca desaparece por completo:
solo cambia de espacio
y se convierte en luz.
A quienes conducirán esta noche,
les pido cordura y calma:
que ningún brindis termine en tragedia,
que ninguna imprudencia
añada una silla vacía más
en ningún hogar del mundo.
Y a vosotros, queridos del cielo…
os enviamos un beso que atraviesa la noche,
un beso que sabe de memoria,
que sabe de lágrimas,
que sabe de amor.
Porque, aunque no estéis físicamente,
seguís viviendo
en cada abrazo que damos,
en cada lágrima que limpiamos,
en cada Navidad que celebramos.
La silla vacía no es ausencia.
Es presencia transformada,
es amor que perdura,
es el lazo que jamás, jamás,
ni el tiempo ni la muerte podrán romper.
Así que hoy,
cuando miremos ese espacio vacío,
no veremos falta:
veremos una presencia eterna
sentada a nuestro lado.