© Esther Mena.
Ayer, en Barcelona,
la palabra tomó forma de ala.
Ante mí, ojos que escuchaban,
manos que danzaban un lenguaje antiguo y vivo.
Ruth estaba presente en cada gesto,
en cada pausa, en cada mirada que brillaba.
Los años de lucha, de silencio y de camino
volvían convertidos en ternura compartida.
Sordos y oyentes respiraban juntos,
como si la sala entera fuera un mismo corazón.
Y yo, en medio, me sentía acariciada
por quienes entienden el mundo como mi hija:
con la piel, con la vista, con el alma despierta.
Qué enriquecedora es
la lengua que nace de unas manos que vuelan,
de unos dedos que dibujan poesías en el aire,
de unos gestos que son puente y abrazo.
Y entonces, en el turno de palabra,
todo se volvió aún más real:
las personas se liberaban del peso de su propia historia,
abriendo corazones que hacía años que callaban.
Daban las gracias.
Pedían perdón.
Compartían heridas y luz.
Mi hermano, con la voz temblorosa,
comprendió por fin la carga
emocional y física
que he llevado toda una vida.
Y en aquel perdón sincero
se me cayó del pecho una piedra muy antigua.
Ayer, contar la vida de Ruth
no fue solo hablar de ella,
fue abrir una ventana para que entrara la luz.
Y entró.
Y en aquella sala llena de silencio vivo,
mi libro, mis palabras y mi corazón
hablaron todos los lenguajes a la vez.
