© Esther Mena.
Anoche la luna temblaba en plata,
una ventana abierta en plena noche.
Dibujaba silencios sobre los tejados
y ponía luz suave a nuestros reproches.
Era una luna antigua, casi un recuerdo,
como si el cielo, por un instante,
quisiera aprender a ser tierno.
Nos miraba con ojos de agua
y un latido lento de madre.
Caminamos bajo su velo,
pequeños y eternos a la vez.
Sabíamos que se marcharía,
que su paso es lento
pero implacable.
Y así se fue,
como se esfuma un sueño
cuando despiertas demasiado rápido.
Pero en nosotros queda su claridad,
una luna guardada en el pecho,
que nos dirá, dentro de unos años,
que la belleza siempre regresa
cuando somos pacientes
para volver a mirarla.
