© Esther Mena.
Nace la vida entre risas de infancia,
cuando el mundo es inmenso y sin fronteras.
Todo es nuevo, todo es luz y descubrimiento,
y cada instante parece eterno en la memoria.
La adolescencia llega como tormenta,
con corazones que laten demasiado fuerte,
con secretos escritos en la piel,
y el vértigo dulce del primer beso.
Después, la vida se llena de caminos,
de sueños que florecen y se desvanecen,
de la emoción sagrada de ser madre,
cuando el corazón aprende un nuevo latido dentro de sí.
Reímos y lloramos, a menudo al mismo tiempo,
entre esperanzas y desengaños,
y descubrimos que la sonrisa de un ser amado
puede iluminar incluso el día más gris.
Pero también llega el tiempo del silencio,
de las sillas vacías y las ausencias,
de la enfermedad que nos vuelve frágiles
y nos recuerda la delicadeza de existir.
La vejez llega sin prisa,
con las manos marcadas por la vida,
con ojos que han visto demasiado y aún esperan,
con el corazón lleno de nombres y recuerdos.
Y entonces comprendemos que vivir
no es solo dejar pasar los años,
sino amar, caer y volver a levantarse,
acariciar el dolor, celebrar la alegría,
y saber que cada respiración es un regalo.





