© Esther Mena.
Me despierto con dolores,
como todos los días
desde que la enfermedad
habita en mí.
El cuerpo pesa, el corazón quema,
y de repente, estallo en llantos,
gritando sin voz,
porque el dolor no entiende de silencios.
Los pensamientos vuelan hacia ella,
mi hija, que lucha en un camino
sin horizonte claro.
Y el llanto se detiene, como si la pena fuera demasiado grande para salir.
Las piernas me fallan,
el suelo me acoge frío, indiferente.
Permanezco sentada, rota, impotente,
con la rabia y el miedo
como únicas compañeras.
En ese instante, la vida pesa tanto…
que sólo quisiera dejar de sentir,
dormir para siempre,
y descansar de todo lo que ya no puedo sostener
