© Esther Mena.
El tiempo pasa,
como un río que nunca se detiene,
y nos deja en la piel
las huellas de los días vividos.
La sociedad nos habla de juventud,
de un cuerpo puro, vital, radiante…
Pero olvida que en cada arruga
se esconde un libro entero de memoria,
y en cada cabello blanco
brilla una chispa de sabiduría.
La belleza no termina,
solo cambia de forma:
ya no es un grito de fuego,
sino una luz serena
que acaricia el mundo con ternura.
No quiero esconderme del espejo,
ni disfrazar mis años.
Abrazo el tiempo con amor,
porque si no lo hago yo,
¿quién lo hará?
