© Esther Mena.
Ya no me quedan fuerzas para gritar,
pero aún escribo para no desaparecer.
El tiempo se ha esfumado,
y con él, mi vida se escapa entre los dedos.
He dado tanto,
horas, días, años,
y ahora solo me queda el vacío
de aquello que nunca fue reconocido,
de aquello que nunca nadie vio.
Creí en un futuro justo,
pero la justicia tiene los ojos cerrados,
y el corazón de piedra.
He llamado a puertas que no se abren,
he suplicado respuestas que no llegan,
y mientras todo calla,
yo me deshago en silencio,
me quiebro,
me pierdo en la nada.
Pero aún respiro,
aún escribo,
y en cada palabra deposito
el pedacito que me queda de esperanza,
la chispa diminuta
que insiste en no apagarse.
Quizá no cambiaré el mundo,
ni haré justicia a mi pasado,
pero lo que soy,
lo que he amado,
lo que he luchado,
nadie me lo puede arrebatar.
Y cuando el corazón pese demasiado,
cuando la vida me derrumbe,
me recordaré que, aunque rota,
aún tengo voz,
y el derecho sagrado de sentir,
de sentir y existir,
de resistir,
de seguir,
de continuar,
de ser yo misma





