© Esther Mena.
Éramos jóvenes,
y los sueños danzaban
ligeros como mariposas
sobre la piel del tiempo.
Pero un día, sin aviso,
la enfermedad se abre paso
como un viento helado,
rompiendo las alas del deseo.
Todo lo que era luz
se oscurece,
las manos buscan recuerdos
que ya no pueden sostenerse.
La presión de este peso invisible
nos roba el aliento,
nos dobla las rodillas,
y nos deja desnudos ante la vida.
Sin embargo, en medio del vacío,
una chispa permanece:
no es el sueño de antes,
sino el coraje
de seguir respirando
dentro de la oscuridad.
