© Esther Mena.
En la plaza, el sol me acaricia,
dibujando sonrisas en los niños
que corren libres,
jugando con el aire de un sábado claro.
Los puestos son voces sin sonido,
historias que laten en silencio,
manos que pintan palabras en el aire,
como alas que nunca dejan de volar.
La alcaldía se detiene, escucha,
y cada relato se vuelve camino compartido.
Yo firmo mi libro,
pero son ellos quienes escriben la vida.
A lo lejos, las terrazas se llenan
de risas y comidas compartidas,
y por unos instantes me escapo del mundo,
abrazada a la calma de este día.
Me llevo conmigo la memoria
de un mosaico de silencios vivos,
donde cada mano narra un universo,
y cada mirada es poesía.

guai