© Esther Mena, 2026.
Y llegó la última mirada.
No sé si fue de miedo, de tristeza, o de ese amor inmenso que solo conoce una madre.
Quizá, en medio del horror, sus ojos buscaron los de sus hijos.
Quizá quiso decirles tantas cosas y el tiempo ya no le alcanzó.
“Os quiero.”
“Sed fuertes.”
“No tengáis miedo.”
Palabras que quedaron suspendidas en un silencio imposible.
Mientras el mundo se rompía, ella seguía siendo madre.
Antes que víctima. Antes que noticia. Antes que estadística.
Madre.
Y esa es la imagen que más duele.
Pensar que sus últimos pensamientos tal vez no fueron para sí misma, sino para esos pequeños ojos que la miraban sin comprender.
Niños que jamás deberían aprender qué es el horror.
Niños que merecían recuerdos de abrazos, de cuentos antes de dormir, de tardes de juegos, de risas compartidas.
No este recuerdo.
No esta ausencia.
No este vacío.
Después vendrán los minutos, los días, los años.
Y el eco de una mirada que nadie podrá olvidar.
Porque una mujer asesinada no es solo una vida arrebatada.
Es una historia interrumpida.
Es una silla vacía.
Es una voz que ya no responde.
Es un amor que permanece, aunque el cuerpo ya no esté.
Y mientras existan mujeres que vivan con miedo, mientras existan niños que hereden el dolor de la violencia, seguiremos teniendo una deuda con la humanidad.
Por ellas.
Por quienes ya no pueden hablar.
Por quienes, en su última mirada, nos dejaron una pregunta que todavía espera respuesta:
¿Cuándo aprenderemos a proteger la vida antes de tener que llorar su ausencia?
¿Cuándo dejaremos de contar víctimas y empezaremos a impedir tragedias?
¿Cuándo entenderemos que ninguna mujer debería vivir con miedo, y que ningún niño debería crecer abrazado a un recuerdo de horror?
Porque cada última mirada nos interpela.
Nos acusa.
Nos recuerda que llegamos tarde.
Y nos exige que no volvamos a apartar la vista.




