© Esther Mena, 2026.
Hoy la tierra no llora.
Grita.
Grita con lenguas de fuego que devoran montañas, senderos,
recuerdos, y la paz de los atardeceres que parecían eternos.
El viento, enloquecido, se convierte en cómplice de las llamas.
Las empuja.
Las alimenta.
Las dispersa.
Y nadie puede detenerlas.
Las casas caen como castillos de papel.
Toda una vida se convierte en humo en cuestión de horas.
¿Qué se lleva un incendio?
No solo paredes.
Se lleva fotografías, olores, voces, pequeñas rutinas que nunca volverán.
Y en el bosque, lejos de las cámaras, hay una tragedia aún más silenciosa.
Animales atrapados.
Miradas aterradas.
Pequeños cuerpos que corren sin saber adónde.
Nidos abandonados.
Madrigueras convertidas en tumbas.
La fauna no entiende por qué arde su mundo.
Nosotros tampoco.
Y llega la impotencia.
Esa sensación amarga de contemplar un horizonte en llamas y sentirse insignificante.
Y llega la rabia.
La rabia ante la destrucción.
Ante la negligencia.
Ante las advertencias ignoradas.
Ante la certeza de que muchas de estas heridas podrían haber sido menos profundas.
Cuando el fuego se marcha, deja un paisaje de ceniza.
Árboles erguidos como fantasmas negros.
Un silencio extraño.
Demasiado grande.
Demasiado vacío.
Pero incluso allí, entre la ceniza todavía tibia, la vida insiste.
Una semilla espera.
Una raíz resiste.
Un brote sueña.
Y la tierra, a pesar de la rabia, a pesar del dolor, sigue esperando
que aprendamos a amarla antes de que vuelva a arder.
