© Esther Mena, 2026.
Esta semana hemos vuelto a llorar muertos. Hemos vuelto a ver familias destrozadas, viviendas reducidas a cenizas y un paisaje que tardará décadas en recuperarse, si es que alguna vez lo consigue. Y, una vez más, hemos asistido al mismo espectáculo de siempre: declaraciones solemnes, promesas de revisión, palabras de apoyo y una avalancha de justificaciones.
Pero hay una pregunta que muchos ciudadanos se hacen y que demasiado a menudo queda sin respuesta: ¿por qué seguimos llegando tarde?
Sabemos que los veranos son cada vez más calurosos. Sabemos que la sequía convierte los bosques en un polvorín. Sabemos que el riesgo de incendios extremos aumenta año tras año. No es una sorpresa. No es una emergencia imprevista. Los expertos llevan tiempo advirtiéndolo. Si lo sabemos, ¿por qué seguimos actuando como si cada incendio fuera una fatalidad imposible de evitar?
No, no todos los incendios se pueden impedir. Sería irresponsable afirmarlo. Pero sí se pueden reducir riesgos, mejorar la prevención, reforzar la vigilancia, gestionar los bosques y proteger mejor las zonas habitadas. Y ahí es donde aparece el debate que algunos prefieren evitar.
Durante años hemos pagado impuestos con la confianza de que los recursos públicos sirven para proteger lo que es de todos. Por eso es legítimo preguntarse cuáles han sido las prioridades. ¿Cuánto dinero se ha destinado realmente a la prevención? ¿Cuántos proyectos han quedado guardados en un cajón? ¿Cuántas decisiones se han aplazado porque no eran políticamente rentables?
Cuando las llamas avanzan sin control, los responsables públicos suelen pedir unidad. Y tienen razón. Pero la unidad no puede significar silencio. La unidad tampoco consiste en renunciar a hacer preguntas. Al contrario: el respeto por las víctimas exige pedir explicaciones.
Porque los muertos no volverán. Las casas calcinadas no se reconstruirán de un día para otro. Y las familias que han perdido a un ser querido tendrán que convivir con ese dolor mucho tiempo después de que las cámaras se hayan marchado.
Lo más fácil es culpar exclusivamente al clima, al viento o a la mala suerte. Lo más difícil es mirarnos al espejo y reconocer que quizá hemos dedicado más esfuerzos a reaccionar ante las tragedias que a evitarlas.
Cuando el fuego se apaga, siempre llega el momento de los homenajes. Son necesarios. Pero aún más necesario es el momento de la responsabilidad. Porque un país que solo cuenta las víctimas después de cada incendio es un país que ha renunciado a aprender.
A las familias que han perdido a sus seres queridos, todo mi respeto y mi solidaridad. A quienes tienen responsabilidades públicas, una petición sencilla: menos excusas y más prevención. Porque las llamas no entienden de colores políticos, pero las consecuencias de la inacción sí tienen responsables.
