© Esther Mena, 2026.
En una plaza sin nombre, bajo un cielo de nubes lentas, hablaban un creyente y un ateo como dos viajeros del tiempo.
—Yo creo que Dios me escucha— decía uno con voz serena—, cuando la noche cae sobre mí y las fuerzas me abandonan.
No siempre responde como quiero, ni aparta cada tormenta, pero siento una pequeña luz que me acompaña y me despierta.
El otro alzó la mirada hacia horizontes heridos: —Y si existe ese Dios, ¿por qué hay tantos gritos?
¿Por qué la guerra y el hambre, los niños bajo los escombros, las lágrimas de los inocentes y las madres sumidas en el dolor?
Si fuera tan bueno y tan poderoso, ¿no detendría tanta pena? ¿No cerraría las heridas antes de que la sangre las llenara?
El creyente guardó silencio, como quien escucha un viejo dolor. No tenía una respuesta que pudiera curarlo todo.
—También yo lloro esas sombras, también me pesan las preguntas. La fe no es saberlo todo, es caminar entre las dudas.
Creo que Dios nos hizo libres, y que el hombre, a menudo, olvida que las guerras que devastan nacen dentro de nuestra vida.
El ateo asintió lentamente. —Quizá sí tengas razón: muchos infiernos no caen del cielo, los construimos entre todos.
Yo no encuentro ninguna divinidad detrás del ruido del mundo, pero sí manos que se ayudan cuando todo parece tocar fondo.
Y se quedaron en silencio, mirando cómo moría el día. Uno rezaba dentro del alma, el otro escuchaba la brisa.
Ninguno de los dos convenció al otro con grandes argumentos. Pero se regalaron respeto, que ya es un milagro suficiente.
Porque tal vez la verdad es más profunda que una bandera: quien busca con corazón sincero ya camina hacia ella.
