© Esther Mena, 2026.
La lluvia ha llegado.
Hace apenas unos días caminábamos bajo un cielo azul, con olor a mar, a montaña y a vida. Las calles estaban llenas de gente, de terrazas, de risas y de tardes que parecían no querer terminar nunca.
El verano tiene esa magia. Nos invita a salir, a respirar, a encontrarnos con los demás y también con nosotros mismos.
Pero el tiempo no se detiene.
Poco a poco los días se acortan. Las hojas de los árboles empiezan a teñirse de amarillo y de marrón. La luz se marcha antes de tiempo y la oscuridad se adueña de las tardes. Llegan los paraguas, las chaquetas y ese silencio que solo el otoño sabe traer.
Quizá por eso muchas personas sienten una cierta tristeza cuando termina el verano.
No es solo el cambio de estación. Es darse cuenta de que otro pedazo de tiempo ha pasado. Que los niños han vuelto a la escuela. Que las vacaciones son ya un recuerdo. Que los días felices junto al mar, la familia o los amigos quedan guardados en la memoria.
Pero el otoño también nos enseña algo importante.
Los árboles dejan caer sus hojas sin resistirse. Saben que es necesario desprenderse de una parte de sí mismos para volver a florecer más adelante.
Quizá nosotros también deberíamos aprender de ellos.
Dejar ir lo que ya ha pasado. Guardar los buenos recuerdos en el corazón. Aceptar que cada etapa de la vida tiene su luz y su sombra.
La lluvia riega la tierra para que más adelante pueda volver a nacer la vida.
Y aunque hoy el cielo esté gris, detrás de las nubes el sol sigue ahí.
Esperando su momento para volver a brillar.
