© Esther Mena, 2026
Nos piden que cerremos los ojos.
Que inspiremos hondo.
Y yo inspiro
como quien huele flores,
como quien deja entrar un perfume conocido,
como quien abre el pecho
a todo lo bueno que aún existe.
Dentro,
en silencio,
entra la calma.
Luego exhalamos.
Y al hacerlo,
dejo salir el duelo que pesa,
la rabia que aprieta,
el miedo que se esconde,
el enfado,
la tristeza que se instala en el cuerpo.
No lucho.
Solo suelto.
Inspirar:
acoger.
Exhalar:
liberar.
Minutos enteros
sin hacer nada más
que ser cuerpo
y respiración.
Cuando abro los ojos,
algo se ha movido.
El dolor no ha desaparecido,
pero ya no manda.
Siento esa misma paz suave,
serena,
como cuando salgo de misa
y el mundo parece,
por un instante,
un lugar un poco más habitable.
Nada se ha resuelto.
Pero sigo en pie.
Y hoy,
eso
es suficiente.
