© Esther Mena.
La carga más pesada
no es la que llevan los hombros,
sino la vida no vivida
que los padres depositan en silencio
sobre el corazón de un niño.
Detrás de cada logro
hay horas escondidas,
soledades que duelen,
espejos que devuelven reflejos ajenos,
deseos de sentir la ligereza
de quienes nunca conocieron el peso del esfuerzo.
Aprendiste a callar lo que hiere,
a aceptar las etiquetas
de manos que nunca te tocaron,
de ojos que jamás supieron mirarte.
Viviste con la herida
de ver el dolor en la mirada de tus padres,
ese llanto mudo
que no encuentra caminos para ayudarte.
Pero sigues,
aunque no puedas,
aunque caigas,
aunque el mundo insista en negarte.
Y cada paso que das
se vuelve un grito al universo:
¡Sí se puede!
No es orgullo lo que dejas,
sino la huella imborrable
de haber superado lo invisible,
de haber vencido lo que nadie imaginó,
de mostrar que tu voz
es más fuerte que cualquier silencio.
