Arriba, en el espacio, nada pesa… ni siquiera los más de 45.000 fotos y vídeos que tengo guardados en la nube. Sí, lo sé, una cantidad absurda, pero allí están, flotando en un universo digital sin gravedad.
En el espacio, los seres vivos somos iguales. No importa de dónde vengamos, cuánto pesemos o qué hayamos vivido. Todo es un milagro tejido por los espíritus del Universo. Y cada ser es un milagro en sí mismo.
Cada foto, cada vídeo es un portal a un instante irrepetible. Mirarlas es viajar en el tiempo, reencontrarme con momentos que parecían olvidados, con recuerdos que se han ido desdibujando como sueños lejanos.
Veo imágenes de mi infancia, desde mi nacimiento, y luego las de mis hijas, mis nietos… Cada uno de esos instantes capturados es un milagro. Me detengo en una foto: mi familia y yo en el Tibidabo, cuando aún éramos niños. No sabíamos lo que el futuro nos depararía, solo nos importaba reír, correr y montarnos en todas las atracciones posibles.
Otra imagen, otro salto en el tiempo. Revivo el dolor de aquella vez en Canarias, cuando casi muero al perder a mis gemelos. El dolor se mezcla con el amor que me sostuvo en aquel momento.
Y luego, una foto de una mesa repleta de vida: abuelos, tíos, primos, hermanos, todos juntos en un restaurante, hablando a la vez, riendo, discutiendo, siendo familia. Cuánta añoranza.
Cada imagen me recuerda por qué nunca dejaré de escribir sobre la familia y los recuerdos. Son mi refugio en los momentos malos y mi alegría en los momentos buenos. Son mi vida.








