Laplana se llenaba de luces brillantes, el aire olía a mazapán y galletas acabadas de hacer. Los niños corrían de aquí para allá con las mejillas enrojecidas por el frío y los ojos brillantes de expectación. Era Navidad y la magia se extendía como una cálida manta. Lidia, Peter y Aarón paseaban cogidos de la mano de sus padres, llevando en sus pequeñas manos las cartas del Papa Noel, con dibujos y listas de juguetes, ropa y deseos inocentes.
Aún así, Lidia no dejaba de mirar hacia un rincón de la plaza. Debajo de un árbol había un niño solo con ropa desgastada y unos zapatos que dejaban pasar el frío. Lidia preguntó a su madre en lengua de signos quien era ese niño y su madre le respondió que era Marcos, y en voz baja le dijo que él y su familia lo estaban pasando mal. Lidia se quedó pensativa. Al llegar a casa fue a la habitación y llenó una bolsa entera de juguetes, bufanda nueva y galletas que hizo su madre.
Tímidamente se acercó a Marcos y le ofreció la bolsa. Los ojos del niño se llenaron de lágrimas de agradecimiento. Aquella noche, los tres niños sintieron un calor especial en el corazón. Quizás el mejor regalo de Navidad no eran los juguetes ni las luces, sino la sonrisa de alguien que había recibido un poco de esperanza. Desde aquel día, el pueblo inició una tradición: cada familia dejaba un regalo bajo el árbol de la Plaza. Y así con pequeños gestos ,la Navidad se convirtió en una fiesta de verdad.
