© Esther Mena.
El sol acaricia la piel,
el aire es un abrazo cálido.
En la piscina, los niños son mar,
pequeñas olas que ríen,
toboganes que se vuelven cascadas de felicidad.
Yo, bajo la sombrilla,
con un libro como pasaporte
hacia otros mundos.
Las palabras me transportan,
el agua late cerca,
y por unos instantes,
todo lo que existe está aquí,
entre la historia que leo
y el eco lejano de las risas.
El tiempo se desliza sin prisa,
como una nube que cruza el cielo azul.
El aroma de la crema solar
y el olor a cloro se mezclan
con recuerdos de infancias pasadas.
Veo los ojos brillantes de los niños,
reflejando el sol como mil estrellas.
Los gritos de alegría se vuelven melodía,
y yo me abandono a la paz
de este instante sencillo y perfecto.
Cuando el día se despide,
el cielo se tiñe de naranja y rosa.
Cierro el libro,
y sé que hoy he vivido un pedacito de eternidad
en una tarde de verano.
