© Esther Mena.
La magia de la noche de Reyes
no llega a todos los rincones del mundo.
Brilla en algunos balcones,
se apaga en demasiadas ventanas.
Todos los niños del mundo son inocentes,
pero no todos tienen un trozo de pan
para calmar un hambre que no espera.
Hay manos pequeñas vacías,
bocas que sueñan migas,
ojos que no saben qué es la esperanza.
No habrá ningún regalo
bajo un árbol inexistente,
ni papeles de colores,
ni juguetes que hagan reír al silencio.
Tampoco habrá un beso gratuito,
unos brazos que abracen sin condiciones,
porque a veces los padres faltan
o el amor también pasa de largo.
Y hay niños
que ya no esperan nada.
Niños que murieron en guerras
que nunca quisieron,
robados de la infancia
por el odio de los adultos,
convertidos en nombres
que el viento pronuncia en voz baja.
Esta es la cruda realidad
de una noche de Reyes sin estrellas,
una noche que nos pide conciencia,
mirar más allá de la ilusión,
y recordar que la verdadera magia
nace cuando compartimos el pan,
el tiempo
y el amor.
