Me encanta la lluvia en los cristales,
cuando la ciudad se desdibuja
entre gotas lentas
y recuerdos que aún no han nacido.
Me encantan las calles antiguas,
gastadas por el tiempo y por los pasos,
como si cada piedra guardara
historias de amor y de silencio.
Me encanta una taza de té
entre las manos tranquilas,
mientras el mundo corre deprisa
y nosotras permanecemos quietas.
Me encanta conversar con mi madre,
sin relojes ni prisas,
dejando que las palabras
abracen las horas.
Me encanta el silencio de una tarde
lejos de casa,
cuando los pensamientos vuelan libres
cargados de pequeños secretos.
No hay idioma
que nos haga incultas
en tierras ajenas.
Y con el inglés escondido en el cajón,
casi oxidado como yo,
caminaremos igualmente por las calles del mundo
con la sonrisa haciendo de diccionario.
Porque hay miradas
que traducen ternuras,
y manos que saben entenderse
sin necesidad de palabras.
Viviremos una experiencia
que quedará en el recuerdo,
como quedan las ciudades amadas
dentro de una fotografía antigua.
Me encanta ese amor invisible
que corre por el aire,
como una música suave
que solo el corazón reconoce.
Y me encantan los ojos
que miran maravillas,
porque todavía existen almas
capaces de sorprenderse ante la vida
London
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