© Esther Mena, 2026
Todavía me maravilla la modernidad.
Apago el teléfono y, al volver a encenderlo, encuentro palabras que han viajado sin caminos, voces que han atravesado montañas sin cansarse e imágenes que han recorrido el mundo en un instante.
Pienso en los años en que las cartas llegaban con olor a papel y las fotografías dormían en un cajón hasta que alguien volvía a mirarlas.
Hoy todo es más rápido.
Quizá demasiado.
La misma tecnología que me trae la sonrisa de un amigo también puede esconder la mano de un estafador. La misma red que une a familias separadas por la distancia puede servir para que alguien se disfrace de otra persona.
Y ahora llega la inteligencia artificial, capaz de escribir frases, cuentos y poemas.
La observo con curiosidad, pero también con respeto.
Porque las palabras pueden ordenarse con habilidad, pero los recuerdos no pueden inventarse. El dolor no puede programarse. El amor de una madre, la lucha de una familia o la caricia de un gato sobre el pecho siguen perteneciendo a la vida.
La tecnología es una maravilla.
El alma, sin embargo, sigue siendo humana.
