© Esther Mena, 2026
Se alzan las torres hacia el cielo,
como manos unidas en oración,
desafiando el paso del tiempo,
guardando silencios y esperanzas.
La piedra habla de una fe viva,
de sueños que nunca han muerto,
de miles de corazones que creyeron
cuando el camino parecía largo.
Las vidrieras encienden colores
que danzan suavemente sobre los rostros,
y la luz, entrando por cada ventana,
parece un mensaje venido del cielo.
Llega el Papa, peregrino entre peregrinos,
y sus pasos resuenan suaves
dentro de este bosque de piedra y luz
que abraza a Barcelona y al mundo.
No contempla solamente un templo,
sino la fe de un pueblo entero,
la constancia de muchas manos
y el amor que habita en cada detalle.
Y mientras las campanas cantan,
el corazón se abre a la esperanza,
porque Dios continúa hablando
en la belleza, en el silencio y en la paz.
Que la Sagrada Familia nos recuerde
que todos somos piedras de un mismo templo,
llamados a construir cada día
un mundo más justo, más humano y más fraterno.
Y que la luz que atraviesa sus vidrieras
atraviese también nuestras vidas,
iluminando los caminos difíciles
y encendiendo la llama del amor.
Ante la majestuosidad de la Sagrada Familia, los ojos admiran la obra del hombre; pero es el alma quien descubre la grandeza de Dios.
