© Esther Mena.
La vida es una moneda lanzada al viento,
que gira y danza sin aviso ni promesa.
Un día somos luz, al siguiente, silencio,
y entre medio, solo el instante que tenemos.
Vivimos pensando en el mañana,
llenando calendarios con sueños y prisas,
sin darnos cuenta de que el milagro
ocurre cada vez que respiramos.
Estos días han sido escuela y vértigo:
he reencontrado mi infancia en un café,
tres risas de niñas hechas mujeres
con la sabiduría de los años vividos.
Y casi sin tiempo para entenderlo,
me he despedido de dos almas nobles,
Rosa, fulminada por un cáncer cruel,
y Francesc, compañero de camino y de entrega.
Ambos se han ido como quien sabe
que la vida no se retiene, solo se toca.
Han dejado semillas de bondad en las manos
de quienes tuvimos el regalo de conocerlos.
Así es la vida, la cara y la cruz:
un reencuentro que enciende la memoria,
una pérdida que congela el aliento.
Y yo, en el centro de este giro que no se detiene,
aprendo a amar todo…
tal como viene.
