Cada vez que comparto un ratito con un abuelo se me enternece el corazón pero a la vez, según la historia que me cuenta me invade una tristeza y una incomprensión que no puedo con ella.
Durante veinte años estuvo sin hablarse con su madre tras la muerte de su padre. Y aunque él intentaba recuperar su amor y empatia, ella no podía soportar verle a la cara porque era el vivo retrato de su padre. La parte buena llega tras casarse con su esposa y conocer a sus suegros que fueron como sus padres y a los que adoro toda su vida.
Cuando ingresaron a su suegra en la residencia, él se desvivia por ella y pasaba a darle su comida cada día sin faltar un día. Las enfermeras creían que era el hijo por el amor y la dedicación que le dedicaba. Los años han pasado, y llegó el día en que le tocaba a él ingresar en una residencia. Ya viudo, su única hija lo visita cada fin de semana.
En ese momento, le cojo una mano y le digo que es un gran hombre. Que a pesar de todo ganó unos padres que Dios le ha regalado y una esposa e hija de las que se siente tan orgulloso. La vida es una caja de sorpresas y es en estas historias dónde yo, como voluntaria, me siento tan satisfecha.
