© Esther Mena, 2026
San Pedro ha llegado y, desde la terraza de mi casa, veo las luces de colores y escucho el ruido de las tracas y los petardos.
La gente, abarrotando las calles, levanta la vista y contempla la negra noche mientras el humo envuelve la fiesta.
Y aunque son días de alegría, no puedo evitar pensar en la guerra, donde el ruido se parece, pero el final es muy diferente.
Aquí, las luces pintan el cielo de colores y dibujan sonrisas en los rostros. Allí, las explosiones iluminan el miedo, la destrucción y el dolor.
El mismo ruido, dos realidades. Una celebra la vida; la otra la rompe.
Mientras la fiesta continúa, mi pensamiento vuela hacia quienes esta noche no levantan la vista para admirar los fuegos artificiales, sino para buscar esperanza entre la oscuridad.
Porque hay sonidos que unen a las personas en la celebración, y otros que las separan en el sufrimiento. Y, en medio de la alegría de esta noche de San Pedro, mi corazón recuerda a quienes solo desean algo que nosotros a veces damos por hecho: vivir en paz.
