© Esther Mena, 2026
Aunque somos únicos,
irrepetibles como cada latido,
nadie es imprescindible.
Nos gusta pensar que el mundo se detendría sin nosotros,
que nuestra ausencia haría temblar los cimientos,
que lo que hacemos sólo lo sabemos hacer nosotros.
Pero la vida sigue su camino.
Imparable.
Serena.
Indiferente a nuestro orgullo.
Cuando uno no puede seguir,
cuando el cansancio vence,
cuando la enfermedad,
el tiempo o el destino nos apartan del trayecto,
hay otro que se pone.
Quizás no igual.
Quizás no con la misma mirada.
Pero el camino no está vacío.
Somos importantes, sí.
Para quienes amamos.
Para las pequeñas huellas que dejemos.
Para los gestos que cambien un instante.
Pero no somos eternos. No somos insustituibles.
Y quizá entenderlo nos haría vivir distinto.
Menos prisa.
Menos orgullo.
Más verdad.
Porque estamos de paso en un mundo complicado,
donde luchamos por nuestros objetivos,
defendemos ideales,
levantamos muros y conquistamos sueños…
Y aún así, un día,
el lugar que ocupábamos
tendrá otro nombre.
Aceptarlo no hace pequeños.
Nos hace conscientes.
Nos hace humanos.
Y quizá la grandeza no sea imprescindibles,
sino ser luz mientras estamos ahí.
