© Esther Mena.
Llamas feroces, malditas,
bailan como bestias sin alma,
devorando bosques, casas, sueños,
hasta que sólo queda el silencio quemado.
El fuego avanza sin piedad,
muerde el aire, rompe la vida,
y la noche se viste de rojo
mientras el humo aprieta la garganta.
Recuerdo aquella noche,
cuando mi hogar se fundió en ceniza,
y sólo quedó la carcasa
como un grito mudo bajo las estrellas.
La impotencia ardía más que el fuego,
la rabia y el miedo, compañeras de aquel infierno,
pero el tiempo, paciente como la lluvia,
lavó poco a poco las heridas.
Paso a paso levantamos las paredes,
pusimos de nuevo un techo sobre los días,
y el corazón, aunque marcado por el humo,
aprendió a respirar otra vez.
Pero nunca olvidaré
que en aquella noche oscura y ardiente
estuvimos a un paso de perderlo todo…
incluso la vida.
