© Esther Mena.
Cuando nacen,
las madres somos manos llenas,
brazos abiertos,
ojos que velan noches enteras
sin pensar en el cansancio.
Cuidamos el paso pequeño,
el primer miedo,
el llanto que busca refugio.
Somos casa,
somos voz,
somos tiempo dado sin medida.
Y el tiempo, en silencio, pasa.
Las manos se arrugan,
el paso se vuelve lento,
la memoria camina con bastón.
Ya no sostenemos como antes,
ahora esperamos.
Entonces son los hijos
quienes devuelven el gesto,
quienes aprenden a cuidar
como un día fueron cuidados.
No por deber,
sino por amor aprendido.
Porque la vida
no es otra cosa
que este turno de las manos:
hoy te sostengo,
mañana me sostendrás.

Gràcies Esther per aquestes reflexions amoroses sense dramatismes. Són realitats vistes des de la més absoluta generositat i humanitat. M’agrada llegir-te, i més avui que plou i ja tinc la feina feta … o potser no? Pot esperar! Una abraçada i gràcies!!