El tiempo es un tren que nunca se detiene, un silbido eterno que cruza los paisajes del alma.
Al principio, abordamos con ojos de asombro, llevamos maletas llenas de sueños intactos y risas que rebotan como ecos en los vagones.
Cada estación es un capítulo, la niñez con su aroma de juegos y tierra mojada, la juventud, un torbellino de decisiones y encuentros.
Las ventanas nos regalan paisajes efímeros, pero nunca podemos bajar para tocarlos.
Con los años, las maletas se tornan más pesadas.
Guardamos recuerdos en cada bolsillo, algunos dulces como caricias, otros ásperos como despedidas.
Los asientos a nuestro lado cambian, personas que suben, otras que bajan sin aviso, dejando un hueco en el silencio.
El tren no espera, aunque a veces deseemos detenerlo, quedarnos en una estación que nos dio paz, o regresar a otra donde olvidamos decir “te quiero”.
Pero las vías solo avanzan, rectas o curvas, llevándonos hacia un destino desconocido.
En el último vagón, cuando la marcha se suaviza, miramos hacia atrás y entendemos: no fue el tren ni el destino lo que importó, sino los momentos vividos entre estaciones, los paisajes que supimos contemplar y las manos que apretamos en el trayecto.
Porque la vida no es llegar, sino aprender a viajar en su tren eterno.
