© Esther Mena, 2026.
En este eclipse el cielo contiene el aliento,
como si el universo entero supiera que algo extraordinario está a punto de suceder.
La Luna se acerca al Sol con un hambre antigua de luz, con la misma fuerza irresistible con la que yo me pierdo en tus ojos.
Y cuando llega el eclipse, cuando un cuerpo celeste abraza al otro hasta fundir sus contornos, veo el reflejo exacto de lo que me ocurre cuando te tengo cerca.
Porque hay amores que no piden permiso, que atraviesan distancias, que desafían al tiempo, que se atraen con una fuerza más poderosa que la gravedad.
Tú eres esa fuerza.
La que altera mis mareas, la que enciende constelaciones bajo mi piel, la que convierte cada beso en un pequeño cataclismo de ternura y deseo.
Durante el eclipse, el mundo mirará hacia el cielo, pero yo miraré hacia ti.
Porque ningún milagro astronómico puede competir con la forma en que tu presencia me invade, en que tu voz me desarma, en que tus manos hacen callar todos los ruidos del universo.
Y si por un instante la luz desaparece tras la sombra, yo no tendré miedo.
He aprendido que incluso en la oscuridad tus ojos saben encontrarme.
Que incluso cuando el cielo se oscurece, tú sigues siendo mi amanecer.
Y mientras el Sol y la Luna se aman en silencio sobre nuestras cabezas, yo solo desearé una cosa:
ser el eclipse que haga temblar tu alma, y la luz que permanezca dentro de ti cuando la noche haya pasado.
