© Esther Mena.
Antes de que los móviles nos robaran la mirada,
nos encontrábamos en los bancos, en la plaza, en la vida.
No había pantallas entre las palabras,
ni silencios cortados por notificaciones.
Escribíamos en libretas con olor a confidencia,
con bolígrafos que trazaban sentimientos,
sin correctores, ni nubes digitales,
solo el corazón, y el papel que lo abrazaba.
Íbamos al cine como quien entra en un sueño,
o al campo, a conversar con la naturaleza y los vecinos,
y los ojos se llenaban de cielo, de risas, de presencia.
Teníamos tiempo para escuchar y ser escuchados.
Leíamos libros por obligación,
pero muchos aprendimos a amarlos,
a sumergirnos en mundos que no se cargan con wifi,
sino con imaginación y silencio.
Ahora el saber va deprisa y salta pantallas,
pero a veces echo de menos aquella lentitud
que nos hacía más sabios en lo cotidiano,
más ricos en conversaciones, más libres de ruido.
Quizá la inteligencia de hoy sabe programar,
pero ignora los códigos del respeto, de la atención,
del amor sin distracciones.
No todo tiempo pasado fue mejor,
pero algunos momentos, sí que lo fueron.
