© Esther Mena, 2026
Esta semana
el miedo me mordió primero la piel,
dientes extraños,
un grito que no tuve tiempo de pensar.
El cuerpo corrió
antes de que el alma pudiera entender
qué estaba pasando.
Y después,
como si no fuera suficiente,
la vida tocó el lugar sagrado:
una hija.
Urgencias.
Luz blanca.
Palabras que duelen
antes incluso de ser comprendidas.
Un ojo que se apaga.
Un oído que calla.
El mismo lado del rostro
donde yo aún veo a la niña
que quería ser abrazada.
Y yo en pie,
haciendo de madre,
haciendo de muro,
mientras por dentro
todo se rompe en silencio.
Pero sigo aquí.
Herida, sí.
Asustada, también.
Pero con las manos abiertas,
dispuesta a sostener
lo que venga,
porque el amor
—aunque tiemble—
nunca pierde su fuerza.
