© Esther Mena, 2026
Marta pasó
como pasan las cosas que no piden permiso.
Agua dentro de las casas,
agua dentro de los recuerdos,
puertas abiertas a la fuerza
y vidas arrastradas por el barro.
Hubo quien huyó con lo puesto,
quien miró atrás
sabiendo que ese gesto
ya era una despedida.
Casas sin fotos,
coches mudos,
camas vacías de futuro.
Y una mujer
que no quiso salvarse sola.
Volvió por su perro,
porque el amor no entiende de órdenes ni de miedo.
El agua se la quedó,
pero no pudo arrebatarle
la dignidad del gesto.
Perderlo todo
no es solo quedarse sin paredes.
Es quedarse sin ayer,
sin ese rincón donde el tiempo olía a hogar.
Yo lo sé.
El fuego también quiso todo de mí.
Y todavía hoy, a veces,
camino entre cenizas que nadie ve.
Pero hay algo
que ni el agua ni el fuego pueden destruir:
la mano que ayuda,
la mirada que comprende,
el corazón que dice no estás sola.
Por todos los que han huido,
por todos los que han perdido,
por la mujer que amó hasta el final
y por quienes, como yo,
saben lo que es empezar de cero
con el alma empapada.
Que la vida, algún día,
les vuelva a abrir una puerta.
Aunque sea pequeña.
Aunque sea despacio.

tota la vida lluitant contracorrent… i no no es nedar, es lluitar