Zarparon al alba, el barco y su alma,
deslizándose sobre un lienzo azul,
donde el horizonte susurraba promesas
de destinos lejanos y corazones eternos.
El mástil erguido cantaba al viento,
y las velas blancas, como alas abiertas,
acariciaban los suspiros de un océano
que siempre aguardaba su regreso.
El mar, inquieto y profundo,
era un espejo de su amor:
a veces calmo, otras tormentoso,
pero siempre lleno de vida y misterio.
En cada ola, un secreto compartido,
en cada brisa, un roce de labios.
El barco, testigo silente,
los llevaba al ritmo del oleaje,
donde el tiempo no existía,
solo el latir de dos corazones.
El amor era su faro,
una luz que nunca se apagaba,
y aunque las tempestades les retaran,
sabían que juntos eran invencibles.
Porque en ese barco,
sobre ese mar inmenso,
habían encontrado la eternidad
en la profundidad de una mirada.
